Amigos les cuento
que me costó muchísimo trabajo someter a prisión domiciliaria en un espacio tan
reducido a mi inocente lengua; debo reconocer que hice un esfuerzo enorme para
no decir una sola palabra durante dos medios días que se me estaban haciendo
muy largos; tanto, que no fui capaz de extender el castigo por un día completo
como lo tenía previsto. Me agradezco sí, por haberle cumplido a mi consciencia ya
que obedecí las normas de máxima seguridad y cero alcahueterías.
Les cuento que una
vez terminada la condena, lo primero que hizo mi lengua fue comer carne, cosa
que me molestó mucho puesto que la idea del sacrificio era justamente abandonar
ese dañino resabio. Sin embargo, ante mi
amonestación se defiende y lo justifica diciendo que ella tan solo obedece a
mis órdenes y que solo dice lo que yo dispongo…
reconozco avergonzada que tiene toda la razón. ¿y
ahora?...
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