EL
OLVIDO
Deambulando por una sosegada avenida en Sentisemo, transita con paso lento
y pesado, a hurtadillas, la consciencia.
Con su ceño fruncido da entender que carga una enorme amargura. De pronto se detiene, mirar a ambos lados y
al mirar hacia atrás, de inmediato emprende una veloz carrera; sin duda alguna
está huyendo de alguien o de algo… quién sabe.
Al doblar una esquina cae rendida, se sienta en un andén con la cara entre
sus manos, solo piensa en su vergüenza mientras espera a la enemiga que le
viene persiguiendo, pues ya no tiene alientos para seguir corriendo. Hasta ahí llega la memoria agresiva y burlona,
toma a la consciencia por el cuello obligándola a levantarse… ahora frente a
frente, estas dos enemigas (temporales porque luego volverán a ser amigas), se
enfrascan en una discusión en la cual la memoria pretende endilgarle toda la
culpabilidad a la consciencia consiguiendo con esto asfixiarla con sus propios remordimientos;
mientras tanto ella, la memoria, triunfadora y gozosa zapatea sobre su enemiga
alegremente.
Sin embargo, la memoria también se cansa y suelta por un tiempo a su
enemiga, encuentra un rincón oscuro y frio para descansar, allí se recuesta y
cae en un profundo letargo, olvidada por completo de su enemiga (temporal). La consciencia aprovecha esta circunstancia y
huye del lugar en busca de un refugio seguro; ya conoce el camino, lo ha venido
calculando desde que empezó a padecer la alevosía de la memoria. Al llegar a su nuevo asilo, la consciencia
entra silenciosa y sorda; sin palabras y sin sentimientos es recibida por un
anfitrión inerte, pero protector… su protector.
Al despertar del largo sueño, la memoria percibe la ausencia de la
consciencia, sonríe y se dirige al cementerio, con paso ligero y firme. Triunfadora entra al camposanto, se detiene
para identificar su objetivo en este lugar, una vez identifica la yacija del
olvido, se encamina hacia allá.
Al llegar, la memoria se regocija al encontrar la consciencia sepultada en
el olvido.
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